Está en la naturaleza humana evitar cambiar hasta que las cosas se ponen tan feas y nos sentimos tan mal que ya no podemos seguir como de costumbre. Es aplicable tanto a nivel individual como social.
Debemos sufrir una crisis, como un despido, un trauma, una pérdida, una enfermedad o una tragedia para ponernos a analizar por qué nos pagan, cómo justificamos el sueldo, cómo nos relacionamos con la organización, si estamos contentos, en quién confiamos y a quién le debemos lealtad, al jefe o a la institución.
El comportamiento esperado durante la pandemia sorprende; la resistencia al cambio de varios líderes políticos y sus seguidores se opone al sentido común. Entre ellos están directores y gerentes conocidos, evidentemente empleados y compañeros incondicionales. Los avances de la neurociencia nos acercan a la respuesta. La interacción entre mente y cerebro de ellos no es sana. Tienen conflictos entre el software y el hardware.
Desincorporar personal de la empresa, aceptar la renuncia de miembros del equipo es lamentable para todos, duele mucho saber que sólo tenían que darle una oportunidad al cambio, un tema de horario, lavarse las manos, sonreír al cliente, pedir las cosas por favor, dejar de presumir, hacer a un lado la soberbia, usar el cubreboca.
Sabemos hasta ese momento que tenemos que cambiar de verdad. Frecuentemente tiene que darse la peor situación posible para que empecemos a hacer cambios positivos para nuestra salud, relaciones, compañeros, en funciones y tareas.
¿Por qué esperar a que esto ocurra? Podemos aprender y cambiar en un estado de crisis, adrenalina y también sufrimiento, o evolucionar en un estado de tranquilidad e inspiración. La mayoría hacemos lo primero. Para elegir lo segundo debemos hacer conciencia de que el cambio seguramente conllevará una cierta incomodidad, una alteración en nuestra rutina habitual y una etapa de incertidumbre.
Para pocos es atractivo la oportunidad de ser novato nuevamente. Auto considerarse el mejor en algún tema se convierte en una barrera difícil de superar. Ser el jefe nos levanta una barrera impenetrable, “las cosas siempre se han hecho así”. Sentir el poder de mando, ser el que decide también aísla y descarta cualquier oportunidad de cambio.
Aprender a cambiar conlleva nuevos conocimientos y la aplicación de esos conocimientos. Debes aprender que tu mente, tus pensamientos tienen un efecto sobre la realidad. Allí donde pones la atención pones la energía. Por lo tanto, afectas al mundo material. Si consideras esta idea, aunque sea sólo por un instante, empezarás a centrarte en lo que quieres, en lugar de en lo que no quieres. Los cambios no son inmediatos, educar y alimentar el cerebro lleva tiempo. Empieza por pensar cómo se hace.
“Nunca van a lograr cambiar al jefe, varios lo han intentado, las circunstancias adversas lo acorralan un rato, luego regresa a lo mismo, no es un hombre que siga sus pensamientos, sigue sus impulsos.”
La pandemia nos da la oportunidad de reflexionar en cómo ayudar a nuestro cerebro, cómo construir pensamientos de logro, enfocar nuestra energía mental a labrar la felicidad, la satisfacción emocional, llenar nuestra capacidad de ser mejores, no solo alimentar los músculos que lucen el cuerpo, también es posible alimentar sanamente el cerebro y la mente.

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